15.06.07Tengo ganas de escribir, pero aún no sé qué. Quizás que más allá de estas ventanas hay un río de voces, gritos, murmullos, silbidos, sonidos de extractores y abominables acordes musicales. Cuando cae la noche, empieza "Blade Runner". Y eso por no mencionar el río físico de detritus urinarios, cuyo pestilente reflejo le da ese toque tan futurista al suelo de mi calle. Thanks God que nadie alrededor se ha planteado poner un neón para reflejarlo en ellos.

Suelo asomarme al balcón en noches de fines de semana como estas con una cierta aprensión, temiendo que el coche volador de algún blade runner me raspe la nariz (tan maltratada por los efluvios que suben), o que alguien deje caer piezas de papiroflexia con forma de botella de cerveza y/o copazo.
Leer más... De noche, esta esquina se transforma en una esperpéntica antesala de un futuro más bien demoledor, donde los humanos vagamos sin sentido, emitiendo risas huecas y planas, todos ataviados de superficialidades, pestañas postizas, escotes inflados, entrepiernas también infladas, cerebros inflados...
En el futuro que veo cada noche, primará la inflación.
Por ahora, lo único que yo tengo infladas son las narices, de tanto sorportar tan triste espectáculo. Por mi calle de Blade Runner, a la que ni le falta la lluvia artificial (la que producimos los propios vecinos en forma de cubos de agua-va) han desfilado toda suerte de personajes y situaciones escalofriantes. Una de las que más me estremeció (de horror, se entiende) fue la visión de unas cincuenta mujeres rubias -de cuya respetabilidad en sus países de origen jamás me atrevería a dudar- vestidas de color rosa y coronadas de conejitas (o conejotas, según edad y/o achaques) de Play Boy. Agh! Por poco les vomito encima. Otro capítulo fue el del muchacho casadero vestido de cabeza a pies con un maillot transparente, y horrorosos zapatos de deportes blancos...Puaj! Iba con unos amigos que lo jaleaban a lo largo de toda la calle, en un claro ejemplo de la frecuente confusión entre amistad y humillación. Mi calle no debería llamarse calle, porque en ella, no hay dios que se calle.
En cualquier caso, cada vez lo veo más claro: en el futuro habrá dos razas: los que llevan silicona en sus pechos, y los que la llevan en sus orejas.
16.06.08
Desincronización.
Hace un año y un día escribí el texto de arriba. Hay cosas que han cambiado en mi calle, y otras que no. Las voces huecas siguen ahí, y también ese zumbido similar al que hacen las calles del infierno de todas las fiestas pueblerinas, y que es producto de un megaequipo de aire acondicionado cuyo eslogan "Fujitsu, el fujitsu" constituye un innegable oxímoron nocturno.
Las conejitas de Play Boy ya no abundan por otros lares. Deduzco que la moda de humillar a tus presuntos amigos casaderos se ha trasladado a otra zona de la ciudad. Así que, sin esta esculturalidad de rollizas y etílicas vestales, mi calle ha pasado más bien al universo de Mad Max. Unos van a la busca de líquido para emborracharse, y otros intentan deshacerse de él. Y así con cualquier tipo de sustancia eufórica que trafica en estas calles.

Ahora lo que se lleva son los universos decadentes: el espeluznante sonido de una persiana metálica, que te araña las paredes del oído al cerrarse, las patadas a los (inexistentes) cubos de basura, el griterío de peleas de varios acentos, y la cascada voz de un buscavidas de todo el barrio, dado su (sorprendente) don de la ubicuidad. Ese señor de la voz cascada que siempre habla de trapicheos, dinero y amigos, es una constante en el barrio. Es como si alguien en la calle tuviera un jilguero desagradable en su balcón, y no debo de andar desencaminada, puesto que el señor tiene pinta de ser un pájaro de mucho cuidado.
Los regueros de orina siguen aquí, nadie los ha quitado, aunque de vez en cuando se escucha la catarata de agua que algún vecino desesperado tira desde el balcón.
En este barrio no existe el concepto de respeto a los demás, y las tribus campan a sus anchas, destrozándolo todo a su antojo.
Es como un playground sórdido para el disfrute inconsciente y absurdo de bebés gigantes que deciden olvidar por unos días que en otro momento y lugar fueron personas respetables.
